17 may. 2010

Sé que, al final...

Hace dos meses llegué a una casa pequeña, a la que había entrado horas antes, con la intención de dejar los trastos. Cuando llegué, por segunda vez, lo hice con unas intenciones poco claras, mucho miedo, confusión, cierto pánico ante todas las cosas que estaban pasando. Y, supongo, SUPONGO, que en medio de todo eso estaba la antigua idea de destrozar algo. Porque gracias al líquido, sentimos algo, creamos algo. O gracias a las ganas de ilusión, de despertar, de sueño, de calor, de sol, de luz, de paz.

Sin saber muy bien qué decía, y al mismo tiempo sabiéndolo, y prometiendo prometer y cumplir, algo que se corroboró más tarde, conseguí articular alguna que otra frase con sentido, aunque no recuerdo el tono de la voz ni su posible temblor. Respiró, o esa sensación me dió a mí. Espero que fuera eso lo que sintió, un respiro. El mismo respiro que llevo sintiendo yo tanto tiempo, dos meses, dos felicidades de muchas horas.

El momento exacto fue cálido, desconcertante, exhuberante, dulce, concreto, incierto. Deberíamos haber podido quedarnos dormidos, sin rumiar soledades a esas horas... Recuerdo que miré casi eternamente un color madera, estúpido y sin sentido, durante mucho tiempo. Digo casi porque me dormí. Ya habría tiempo de pensar por la mañana, pocas horas mas tarde.

Al despertarme, volví la vista a la madera, y no supe bien qué hacer hasta que decidí salir de allí. Llegar hasta el otro lado fue fácil, pero una vez allí, viendo las circunstancias, observando detenidamente el color de la luz que entraba por el ventanal, pareció todo un poco demasiado pálido. Pálido y agobiante. Y nada fácil. Pero en ese momento decidí. Elegí. Y elegí bien. Y después de esconder la cabeza tras un cojín y murmurar estupideces, lo di todo por hecho. Resuelto.

Tan resuelto que cuando me paro a pensar y a analizar los últimos tiempos, me sorprendo. Cómo cambian las cosas, en qué poco tiempo. Tiempo.

Porque algunas cosas en la vida cambian. Esta vez, a mejor. Y es que al final...

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